1 de mayo de 2011

Sangre azul… sangre real…pura sangre…



por Lilly Morgan Vilaró*

Finalmente William y Kate se casaron. Imposible no enterarse. Todos los canales de televisión pasaron y repasaron los detalles de la ceremonia. Desde el antes, el ahora y el después. Y en los entremedios mostraban los detalles, desde las rosas de azúcar que irían arriba de la torta nupcial, hasta las galletitas siendo mezcladas con chocolate para la torta del novio. Suerte que vivo en medio de la nada, a muchos kilómetros de cualquier centro poblado. Porque era como para salir corriendo hasta la panadería más cercana y comprar la torta de chocolate más grande. Hacían elucubraciones sobre cómo sería el vestido de la novia. Los periodistas, no el panadero. Que quién lo habría diseñado. Que era un secreto que estaban guardando con tanto ahínco, que hasta habían amenazado con encerrar en la Torre de Londres a la persona que llegase a filtrar el modelito. Que habían ordenado la detención de Julián Assange, alias Wikileaks, para que el muy desubicado no diese los datos a la prensa.

Okey. Esto último es un invento mío. Lo de la Torre de Londres les juro que no. A juzgar por los comentarios de los medios, el tema era casi un secreto de estado. Y lo decían en serio. La cuestión es que Kate salió del coche y el misterio quedó al fin develado. Y no era para tanto. Era lindo. Pero nada del otro mundo. Un poco bastante parecido al que usó la otra plebeya rica que se casó con un príncipe. La actriz Grace Kelly. Devenida en Su Alteza Serenísima, la Princesa Grace de Mónaco. La verdad que me gustó más el vestido de la hermana de Kate. La dama de honor. Pero, como iba diciendo, Kate se bajó del coche, entró a la abadía del brazo de su papa, y salió del brazo de William, convertida en la duquesa de Cambrigde. Y vivieron felices y comieron perdices. O más bien, faisanes. Antes salieron al balcón, saludaron a la plebe reunida y se dieron dos besitos amorosos. Toda una fiesta. Hasta la reina Isabel parecía contenta. Y seguro que lo estaba.

Todo el evento había sido una operación impecable de relaciones públicas que mejoró enormemente la imagen de la casa real inglesa. Ni hablar de la guita que entró en el país por parte del turismo atraído por la ceremonia real. Y todo lo generado por los souvenirs, chirimbolos, tazas de café, muñequitos de los novios, y demás ítems, hechos y vendidos para conmemorar el evento. La familia agradecida se revuelca en el pastito. Mucha gente siente aversión hacia la institución monárquica. Que son unos zánganos. Que no sirven para nada. Y un montón de cosas más, muy feas como para repetirlas. A mi no me molestan en lo más mínimo. En algunos casos hasta son útiles. El rey Juan Carlos sirvió para aplastar los intentos golpistas de los franquistas. La corona británica y todo la parafernalia a su alrededor es motivo de atracción turística durante todo el año. Además, todos los miembros de la familia real inglesa, participan en diversas causas de beneficencia que hacen cosas puntuales y eficientemente. Por supuesto que me parece una estupidez total el tema de los privilegios. El no les hables si ellos si no te hablan antes. Hacer la reverencia. Pero yo fui a un colegio de monjas en donde teníamos que hacer una reverencia cada vez que pasaba la madre superiora. “Buen día Reverenda Madre”- y poníamos una patita para atrás, genuflexión, inclinábamos la cabeza hacia abajo, y saludábamos como si fuese una reina. Y ante los papas de la iglesia católica, hay que inclinarse respetuosamente y besar el anillo en su mano gentilmente extendida. Y si fuésemos a saludar a nuestro/as presidentes, tendríamos que seguir un estricto protocolo para hacerlo. Y ellos, al igual que los diputados y los senadores, también tienen privilegios. Y bien que los usan. Así pues, que no me hago mucho drama por la pompa y ceremonia que rodea a las monarquías. Mientras paguen sus impuestos y hagan su trabajo como el resto de los mortales, me tienen sin cuidado. Y el circo alrededor, como en el caso del casamiento de William y Kate, me divierte. Más allá del placer de poder ver por dentro a la abadía de Westminster, las imágenes aéreas del maravilloso Londres y de matarme de risa con los ridículos sombreros de algunas de las mujeres invitadas al evento. La sangre azul de la casa real británica se ha mezclado con la plebeya. Bien por ellos. Como dijo un miembro de una casa real europea, y pariente de la familia Windsor: “En todo caso va a servir para mejorar la sangre.” Ya están demasiado mezclados entre ellos.



La sangre que no se mezclará con ninguna otra, es la del fallecido papa católico, Juan Pablo 2. El ahora, Beato Juan Pablo, luego de una ceremonia en el Vaticano, también trasmitida por todos los canales de televisión, en donde se le otorgó el nuevo título. No entendí mucho eso de la cápsula empotrada en un cáliz labrado, que contiene la sangre de Juan Pablo 2. Me suena a cosa medieval. A no ser que luego sea utilizada para conseguir el segundo milagro que lo convertirá oficialmente en santo. Ya sea porque se licue todos los años en la fecha de su nacimiento, o de su muerte. O que jamás se coagule. O que alguien se cure de alguna enfermedad incurable por haberle rezado o haber tocado el cáliz. Nop. No creo que lo dejen al alcance de cualquiera. Me quedo con el rezo nomás. Más allá que de ser una descreída de todas esas cosas de las religiones, ya sea la católica o cualquier otra, me resulta graciosa y hasta desconcertante, toda la elaborada ceremonia, incluyendo ropajes medievales y pompa terrenal, de una institución que se considera de un reino espiritual. Que dice todo el tiempo que los pobres serán los primeros en entrar al paraíso. Espero que su dios no haya estado mirando la televisión. Porque les va a cerrar la puerta en las narices a sus representantes en la tierra. No me voy a meter en el tema de si Juan Pablo 2 era el papa más indicado para beatificar. Yo pienso que no. Pero no puedo ignorar que muchos fieles católicos lo querían muchísimo. Y si ellos están de acuerdo, estarán encantados con esta medida. Bien por ellos. Critico a la institución como tal. No critico a los católicos de buena fe. Cada cual es libre en creer en lo que se le antoje. Hasta en la sangre del papa polaco.



La sangre del hijo menor de Omar Kadafhy y de 3 de sus nietos, quedó derramada por el piso, luego de que la OTAN bombardeara su casa. Confundiéndola, según parece, con un blanco militar. -“No fue por intención- dijo un alto militar de la coalición liberadora. No sabíamos que era una casa civil y menos aún, la del hijo de Omar.”- Eeeh...no le creo nada. Se supone que Omar y su mujer estaban comiendo allí, pero a ellos no les pasó nada. Cosa realmente extraña si se ve el estado en que quedó la casa. Pero en esta guerra…sí, dije guerra. Ya es hora de terminar con los eufemismos ridículos. En esta guerra, los dos lados mienten como cochinos. Como cochinos mentirosos, claro está. La cuestión será ver que pasa ahora con la coalición de la OTAN. Y el apoyo de los países de la Liga árabe y los mismos países europeos que apoyaban un bombardeo de la no fly zone, pero no un bombardeo directo contra Kadafhy. Mientras tanto, la sangre de los sirios sigue regando las calles. Y la de los ciudadanos de Bahrain también. Sin que Obama y el resto de la pandilla, muevan un dedo para evitarlo. En la comida anual de corresponsales de prensa ante la Casablanca, el cómico encargado de hacer los chistes de la noche, le dijo a Barack, que estaba sentado a dos metros de distancia, que el único que podría disputarle la reelección a la presidencia, sería el Barack Obama del 2008. -“Me pregunto-remató-que habrá pasado con ese Obama”.- Sentada frente al televisor mirando el evento, yo me pregunté lo mismo. Por suerte enseguida empezaron a mostrar las repeticiones del casamiento de William y Kate, y de la ceremonia de beatificación de Juan Pablo 2.


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* La autora es periodista, nacida en Argentina, con amplia trayectoria en radio, televisión y gráfica. Trabajó para BBC de Londres y Naciones Unidas, entre otros. Es autora del libro "¡Ay mama!, tenés cáncer" (Editorial Santillana, 2008) Actualmente vive en Rocha, Uruguay.

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