25 de enero de 2011

CRITERIOS Y DES-CRITERIOS...


por Lilly Morgan Vilaró


Hace unos años, haciendo nuestra caminata nocturna perruna por el barrio de Las Cañitas de Buenos Aires, recién transformado en lugar de moda para ir a comer, mi amiga y yo notamos a un señor estacionando el auto en una esquina. Auto que aparecía casi todas las noches estacionado ahí. Amablemente le hicimos notar que allí había una rampa para discapacitados en sillas de ruedas, y que no se podía estacionar. El hombre bajó del auto y sin mirarnos nos contestó que ya se había dado cuenta. Pero que era el único lugar libre disponible en la cuadra. Y no pensaba perder el tiempo buscando otro lugar. Por si el tipo no nos había entendido, repetimos que la razón por la cual el lugar estaba libre era justamente porque no estaba permitido estacionar. Se dignó a mirarnos y contestó que ya lo sabía. Que él era un habitué de los boliches del barrio y siempre estacionaba ahí. “Total- agregó sarcástico- dudo mucho que un discapacitado salga a la calle a estas horas de la noche, y mucho menos pueda pagar los precios de los restaurantes locales.” Es decir, según su criterio un tanto discriteriado, y aclaro que acabo de inventar el término, las personas en sillas de ruedas, no solo se abstenían de andar por la noche, ya sea para volver del trabajo a su casa, o para dar una vuelta por la cuadra aprovechando la fresca, sino que además su incapacidad motriz marcaba su condición económica. Jamás podrían aspirar a comer en la zona hot de Las Cañitas. Y se fue de lo más tranquilo a comer con su pareja. Dejándonos a las dos con la boca abierta y sin saber que decir. Bueno, teníamos una idea clara de qué decir, pero queda feo ponerlo por escrito. Que después van y me acusan de ser mal hablada. Antes de que pusiéramos en palabras lo que estábamos pensando, el hijo adolescente de la kiosquera, que había seguido la discusión atentamente, nos dijo que no nos preocupáramos, que ese tipo nunca más iba a estacionar el auto, en esa ni en ninguna otra esquina con rampa. Le contestamos que era obvio que el encantador energúmeno volvería hacer lo mismo. Había quedado claro que le importaba un rábano el facilitar el trajinar de los discapacitados y/o de sus acompañantes que empujasen la silla de ruedas. El chico retrucó con un -“No problem, el careta ese no estaciona más aquí. Se los aseguro.”- Y para nuestra sorpresa, nunca más vimos su auto estacionado en ese lugar. A la semana, ya convencidas que no era casualidad, le preguntamos al chiquilín como sabía que el señor iba a recapacitar y cambiar su actitud prepotente. -“Muy simple-nos contestó con una sonrisa inocente- le ensucié bien el parabrisas del lado del conductor con caca de perro.”- No dijo caca. -“Y para asegurarme de que entendiera el mensaje, también le llené de caca las manijas de las cuatro puertas y la de abrir el baúl.”- Digamos que el chico había utilizado los principios de la homeopatía: combatir una enfermedad con lo mismo que la causa. Caca de perro para un señor con criterio ídem. A qué viene toda esta historia. A que hace dos días decidí darme una vuelta por las playas de La Pedrera en Rocha. Para aquellas personas que no las conozcan: no saben lo que se pierden. Llegando a la playa, me topé con un matrimonio con un hijo adolescente con una severa discapacidad motriz, y otra hija cargada de reposeras y un bolso grandote, discutiendo con el que, después me enteré, era el dueño del chiringuito instalado en esa parte de la playa, llamada “La Desplayada”. El motivo de la discusión era la pretensión, al parecer, y dada la reacción del bolichero, insólita, descabellada e irresponsable y no se cuantas cosas más, de ingresar hasta la orilla del agua en un cuatriciclo. El vehículo llevaría a la madre manejando, a la hija sentada sosteniendo a su hermano discapacitado, y a la silla especial de ruedas que utiliza éste. Que no es precisamente práctica para andar en la arena. El padre los seguiría portando las reposeras y el bolso tamaño mamut con todos los elementos necesarios para pasar una tarde en la playa. Además de los suplementarios para atender las necesidades de un chico de unos 14 años con discapacidad motriz. El argumento de la mamá era que el cuatriciclo facilitaba mucho las cosas. Y además de ir muy despacio para no molestar a nadie y para no perder a su hijo por el camino, ya que el ir derrapando por las dunas no era muy recomendable, apenas desembarcado el niño y el equipaje, sacaría inmediatamente el vehículo de la playa. Y, recalcaba la señora, tampoco pensaba salir derrapando por las dunas, por más que ganas no le faltaban. Era como su sueño de piba. Pero que podría controlar esos impulsos en beneficio y respeto hacia los demás. El argumento del bolichero era que los cuatriciclos erosionaban las dunas. Y era muy importante para ellos, los rochenses, preservar sus maravillosas playas. Que por eso estaban prohibidos los cuatriciclos. Era un reglamento del lugar. La señora retrucaba diciendo que le parecía muy buena la medida. Que ella estaba a favor. Pero que su intención, como ya lo había señalado, no era derrapar por las dunas. Era simplemente facilitar la llegada a la orilla para que su hijo pudiese disfrutar del agua como el resto de los demás chicos y grandes que andaban por ahí. Según el criterio del bolichero-aclaro que sé quien es y puedo señalar exactamente el lugar de su chiringo, pero no le hace al cuento- la señora, el señor o la hija podían muy bien cargar al niño aúpa, y hacer como 2 o 3 viajes acarreando los demás bártulos. Era obvio que este señor nunca había tenido que cargar con un discapacitado motriz de unos 14 años de edad. No solo ya son pesados, sino que además sus movimientos espásticos, característicos de esa discapacidad, hacen que sea muy difícil mantener el equilibrio del cargador. Si le agregamos casi dos cuadras de caminata por la arena, la experiencia se transforma en una odisea. Como para pensarlo bastante antes de decidirse a pasar la tarde en la playa. Don Pura Comprensión les respondió que si los dejaba pasar a ellos, todo el mundo iba a querer pasar. La hija contraatacó con un -“Muy simple. Se utiliza el criterio. Si la persona que traen en el cuatriciclo es discapacitada se la deja entrar. Si no lo es, no. Y para cuando vuelvan a buscar al discapacitado, ya tienen los datos y la patente del vehículo. Muy simple de controlar.”- No hubo tu tía, ni ningún otro familiar. El tipo se plantó en su negativa. Encima les espetó: -“Seguro que son argentinos o brasileros que se piensan que nos pueden prepotear”- Aclarando de que eran uruguayos de pura cepa, la familia optó por retirarse. Pero a la mañana siguiente llamaron a la Prefectura de La Paloma. Otro balneario espectacular de Rocha. Explicado todo el tema, el Prefecto Principal les pidió los datos completos, incluyendo cédula y patente y marca del cuatriciclo. Les dijo que para empezar fuesen esa tarde tranquilos a la playa con su autorización. Que se despreocupasen del encantador bolichero. Que su autoridad era bastante más alta y oficial. Y que para hacer las cosas más completas, al volver de una tarde a puro sol y agua, mandasen una solicitud escrita a las autoridades civiles vecinales de La Pedrera explicando todo el rollo del por qué querían entrar a la playa con el cuatriciclo. Por suerte, la asociación vecinal decidió que antes que una poco probable erosión a las dunas, estaba el derecho de una persona discapacitada y su familia de poder disfrutar de la arena y el agua, y facilitándole todo lo posible, para que así lo haga. Eso si: explicando que era una excepción puntual. Y aclarándoles que no pueden salir a derrapar por la arena. Por si las moscas. Para que el bolichero no se pusiese nervioso y decidiese encadenarse a las dunas en señal de protesta. Que bueno sería que, además, los balnearios de Rocha tomasen este caso como precedente para facilitar el acceso a sus playas de todas las personas con discapacidades motrices. Unas pocas rampas de madera, tipo módulos desmontables serían suficientes para empezar. Sería otro incentivo para venir por estos pagos. Solucionando, o al menos mejorando el tema de los ruidos molestos y el desmadre del sistema de estacionamiento, y agregando, y cumpliendo a rajatabla, una etiqueta de “discapacitado-friendly”, las playas rochenses serían casi perfectas.

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La autora es periodista, nacida en Argentina, con amplia trayectoria en radio, televisión y gráfica. Trabajó para BBC de Londres y Naciones Unidas, entre otros. Es autora del libro "¡Ay mama!, tenés cáncer" (Editorial Santillana, 2008) Actualmente vive en Rocha, Uruguay.

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