27 de diciembre de 2010

VIEJAS COSTUMBRES


por Lilly Morgan Vilaró

Influenciada tal vez por el mundo globalizado actual, este año decidí enviar mis saludos navideños de la siguiente forma: “A todos mis amigos y parientes que festejan la navidad real, ¡muy feliz navidad! A todos mis amigos y parientes que aprovechan el feriado, ¡muy feliz feriado!”. ¡Para qué! En vez de recibir cordiales agradecimientos e iguales deseos de felicidad extrema, me inundaron de mensajes con tonito de reproche. Así, como mi profesora de literatura de primaria, que me apuntaba con el dedo en forma acusadora mientras me decía que recitar los versos de Bécquer con la letra cambiada no era gracioso. Sin saber que lo único que yo hacía era repetirlos de la forma en que me los había enseñado mi tío Ricardo. Esta vez yo asumo el cambio de la letra del saludo tradicional, pero no le veo el motivo para tanto escándalo. Al fin y al cabo, tengo amigos que son devotos católicos y otros que no lo son tanto. Devotos. Católicos se siguen llamando y van a misa al menos un domingo que otro. Y medio como que se olvidan que ya van por el 3 divorcio. Y peor aún. Usan preservativos. Los devotos lo son de verdad. Y justamente por eso puse eso de “que festejan la navidad real”. Porque tengo un montón de amigos que no son católicos. La cuestión es que los católicos de verdad agradecieron el saludo pero me aclararon que ellos “festejaban la Navidad real.” Y por si acaso agregaron que como me “quieren igual”, me tendrían presente en sus oraciones de la misa de gallo. Me hubiese gustado que obviasen lo de “te queremos igual”. Porque me hicieron sentir como si en el fondo no me mereciese dicho amor. Por atea, supongo. O por haberme alejado del entorno religioso en que nací y fui educada. Porque yo nunca dije que había dejado de quererlos a ellos. Los que se quedaron. Por eso mismo les mandé una tarjeta navideña. Porque los quiero. Sin poner: “A pesar de todo”. Los católicos pero no tanto, también me recalcaron que ellos celebraban la navidad real. O al menos como la celebra mucha gente. Como una reunión tradicional en donde comparten una misma mesa con la familia. O con amigos. No era un feriado más, como yo insinuaba irónicamente. Que no había necesidad de burlarse de las tradiciones. Releí mi mensaje por si encontraba en algún lugar un indicio solapado de burla. No lo encontré. Simplemente la parte del “tengan un feliz feriado” era para mis amigos y parientes católicos no practicantes. Para mis amigos ateos. Para los que profesan otras religiones. Porque para mucha gente eso es lo que representa la navidad de los cristianos. Un día feriado. Sin que eso signifique una ofensa para nadie. Como máximo, es la celebración del nacimiento de un niño llamado Jesús. Que supuestamente nació en Belén una medianoche de un 24 de diciembre, hace miles de años. Y dijo supuestamente, ya que hay algunos historiadores que señalan que el nacimiento real de Jesús, fue a mediados de julio o agosto. Época del censo romano que provocó el viaje de María y José desde el pueblo de Nazareth a Belén. La iglesia católica lo trasladó, hace años, al 25 de diciembre para que coincidiera (y tapara) el festejo del solsticio. La fiesta del sol que celebraban los romanos. De hecho, hay varios hijos de dioses de otras religiones que celebran su nacimiento ese mismo día. Por las mismas razones. Pero esto no le quita ni le agrega nada a la historia. Hoy día se sigue celebrando el nacimiento de Jesús el 25 de Diciembre. Y me parece bien. Que lo festejen. Más allá del hecho de que también se haya transformado en un enorme evento comercial. Y a pesar de que la maquinaria social occidental y cristiana lo hayan transformado en un evento casi único de celebración masiva. Como si fuese el único a celebrar. Nunca vi, por ejemplo, que los canales de televisión dedicaran todos sus programas a festejar el nacimiento de Buda de la misma manera. O el de Mahoma. O el de Krishna. Aunque pensándolo bien, si fuesen de la calidad y cantidad de los navideños, sería una tortura infernal. Y ni hablar de que los repiten, con muy leves variaciones, año tras año. Si bien destaco este año el seguimiento digital del recorrido del trineo de papa Noel por los diferentes continentes. Y también el intento del vaticano de desplazar al gordito simpaticón del centro de atención de la fiesta. La verdad que esas dos novedades dieron para largas y surrealistas charlas en el facebook. Pero, volviendo al tema. No hay feriados oficiales en esos días. Los de los cumpleaños de los otros niños dioses. Y deberían existir. Porque en el mundo globalizado de hoy se deberían de respetar todas las celebraciones de las muchas religiones que se practican en las diversas partes del planeta. Más allá de agregar días de descanso para los ateos como yo. Y con ese espíritu fue que decidí enviar ese mensaje de salutación. Para los que celebran la navidad real y para los que no. Los que no, no se dieron por aludidos en forma personal ni lo tomaron a mal. Me retribuyeron los saludos con otros igual de cariñosos. Me mandaron dibujitos y tarjetas con motivos navideños típicos. O sea, papa Noel, arbolito de navidad, casitas en medio de la nieve, coros navideños en shoppings. Lo de la nieve es harto gracioso, como dirían mis amigos chilenos, ya que no creo que caiga nieve en el mes de diciembre en Belén. Digamos que se festeja una navidad blanca a lo europeo o a lo del hemisferio norte. De chica, en mis épocas de creyente católica, yo armaba un pesebre en la chimenea del dormitorio con rocas y plantas autóctonas uruguayas. Y al recién nacido lo colocaba rodeado de ovejas, caballos, patos, vacas y cuanto bicho conseguía en esas estatuitas de yeso. Un verdadero establo. Europeo. Pero establo al fin. Mi madre hacía el pesebre principal en la chimenea de la salita de estar. Con nieve falsa. Obvio. Con María y José y un montón de ángeles. Con un juego navideño de mis abuelos paternos que era una maravilla de lindo. Y cantábamos villancicos en inglés y en alemán. A los que eran en alemán los cantábamos fonéticamente. Al menos mis hermanas y yo. Mi madre los cantaba de verdad. Mi padre se encerraba en su dormitorio. Por muchos años pensé que era porque desafinábamos al cantar. Pero no era por eso. Y teníamos un árbol de navidad que era un pinito verdadero que se cortaba todos los años para ese menester. Y luego se tiraba. Pobre pinito. Por lo tanto festejábamos una navidad en el medio del campo rioplatense con toda la parafernalia europea. Con turrones. Bizcochos de jengibre. Nueces. Fruta abrillantada y budín inglés. Y por supuesto el pan dulce. Y prendíamos luces de bengala. Y luego repartíamos los regalos. Nunca entendí eso de recibir los regalos correspondientes a otro niño. Porque era el cumpleaños de Jesús, no el nuestro. Y como se sigue celebrando el cumpleaños de Jesús, este año envié a mis amigos y parientes que lo celebran de verdad, un mensaje acorde. Y a los otros un mensaje acorde también. Al igual que los versos de Bécquer, ligeramente adulterados por mi tío Ricardo, y que yo repetía inocentemente en la clase de literatura del colegio, no fueron muy bien recibidos por un sector. Por suerte otro sector, incluyendo varios católicos practicantes, me los agradecieron. Pero la próxima navidad mandaré mensajes separados para tener la fiesta en paz. De la misma manera que para tener la fiesta en paz, decidí no escribir nada sobre política rioplatense. Mucho menos de la argentina. De nada, Cabezón.

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