24 de octubre de 2010

Piedras, piedritas y piedrazas…

por Lilly Morgan Vilaró

Finalmente el presidente chileno pudo partir a su viaje inaugural por Europa llevando bajo el brazo las imágenes, sobre todo las suyas, del exitoso operativo de rescate de los mineros atrapados en las profundidades de la colapsada mina de San José.

Pero también se llevó, imagino que no bajo el brazo porque hubiese terminado acalambrado por el peso, un montón de piedras provenientes de la mina para regalárselas a los diferentes mandatarios de los respectivos países que visitó. Gesto que hubiese resultado muy original y simpático, si no fuera que eso ya lo había hecho uno de los mineros rescatados.

Regalar piedras. No viajar a Europa y mucho menos encontrarse con la crema y nata de la política del viejo mundo. El hombre salió de la cápsula Fénix con un bolso tipo compras de supermercado y como si viniese de Miami y no del infierno, empezó a repartir piedras entre todo el mundo. Incluyendo a Sebastián Piñera. Que como todo el mundo sabe, estuvo recontra presente en el lugar.

Que el presidente repitiese el gag entre sus pares europeos, y aún con la mismísima reina Isabel 2, ya no me pareció tan gracioso. Ni me provocó ese sentimiento de ternura que sentí hacia el minero devenido en papá Noel. No creo que Piñera sintiese ternura alguna hacia la periodista de la BBC que le preguntó, repreguntó e insistió amablemente hasta que logró que el mandatario respondiese a la pregunta sobre si pensaba apoyar una ley que reclaman los mineros.

Acorralado, luego de evadir en tres ocasiones dar una respuesta concreta, no tuvo más remedio que decir que lo haría. Y luego le tocó responder a otra pregunta candente: su ideología de derecha y su posible vinculación y apoyo a la dictadura de Pinochet.

Probablemente sin saber que en esos días circulaba por el facebook un video que lo muestra saludando y alabando al viejo sátrapa en un acto político o algo por el estilo, Piñera dijo, sin ponerse ni un poquito colorado, que si bien le reconocía ciertos logros (¿???) al general, no lo había podido apoyar por el tema de los derechos humanos. Lo que se dice, cara de piedra.

Piedritas son las que aparentemente han aparecido en el camino hacia la derogación de la ley de caducidad uruguaya. Esa que permitió que los militares de la dictadura no fuesen juzgados por sus crímenes.

El partido Frente Amplista bajó la orden para que sus legisladores la voten en el parlamento. Es decir, tienen que votar. En contra o a favor. Y si no quieren votar tienen que dejarle el lugar a su suplente.

Dos diputados frentistas que no están de acuerdo con la derogación de la ley, ya dijeron que votarán a favor por “disciplina partidaria”. Dos senadores del mismo partido ya avisaron que van a votar en contra. Entre las dos posiciones, prefiero esta última.

Los tipos no quieren que se derogue esa infame ley, vaya a saber uno por qué, pero tienen los cojones para decirlo y actuar de acuerdo a sus ideas. Los otros dos: eso de votar a favor, si bien están en contra, por “disciplina partidaria”, suena demasiado a la “obediencia debida” de los militares.

Es decir, es una obediencia debida civil. Y para mi manera de ver, igual de aberrante. Si mi conciencia me dice que está mal torturar y matar gente, no debo hacerlo. En todo caso, decí que lo hiciste porque tenías miedo de que si no lo hacías, te torturaban y mataban a ti. No por obediencia debida. Esas órdenes, No se deben de obedecer.

Y si mi conciencia me dice que está mal derogar una ley que exime de culpa y cargo a una manga de torturadores y/o asesinos, debería tener los suficientes cojones y/u ovarios para decirlo y votar acorde a mis sentimientos. Decir que lo hago por “disciplina partidaria” es poco digno. A mi no me sirve un legislador que vota, no de acuerdo a sus creencias o convicciones, sino con la línea que le baja el partido. Es vergonzoso.

Más que vergonzoso fue lo que ocurrió entre dos diferentes facciones sindicalistas argentinas. Un enfrentamiento cruza emboscada que dejó el saldo de un muerto, y dos heridos. Entre éstos, una mujer que está sumamente grave.

Nuevamente los hombres del sindicalismo resuelven sus diferencias a través de la violencia. Nuevamente algunos sospechan que el autor intelectual detrás de este episodio podría ser un dirigente político que es conocido por armar estas situaciones para crear caos y sacar provecho propio del mismo.

El tema es volver al poder. Y si para hacerlo hay que matar a uno o dos…bueno, ¡que más remedio! Y para esto utilizo sindicalistas, barras bravas, fuerzas civiles de choque bien entrenadas, y consigo la zona liberada por parte de una policía cómplice.

No es la primera vez que se hace. Ni tampoco es, el supuesto cerebro gris de este caso, el único que utiliza estos medios.

Parecería que algunos políticos, sindicalistas, y por qué no, sectores empresariales que se benefician de tal o cual facción que sube al poder, no entienden que con cada muerto tirado en el camino al ascenso, nos morimos todos un poco.

Se muere un poco el país. Se mueren un poco también ellos. En el caso de ellos no sería tan grave, hasta el país podría funcionar mejor. Pero el problema es que nos arrastran a todos en sus pequeñas muertes.

Y lo peor es que a medida que avancen los días y nos acerquemos más al proceso electoral, esto se va a incrementar. De aquí a las elecciones ese camino estará sembrado de piedrazas.

Y empezarán las acusaciones mutuas entre los contendientes. “Me tiraron un muerto”. Eso fue lo que se dice que dijo el ex presidente Eduardo Duhalde cuando mataron al fotógrafo José Luis Cabezas. “Me tiraron un muerto”. Porque lo mataron y lo dejaron a una cuadra de su casa en el balneario de Pinamar. Y los que lo tiraron, supuestamente provenían del sector cercano a su archienemigo político, Carlos Menem. Y después la cosa quedó en que fueron unos pichis desconocidos enviados quien sabe por quien. Pichis que ahora dicho sea de paso, están libres. Como probablemente pasará con el caso de Mariano.

El joven militante asesinado supuestamente por las balas de los muchachos de la Unión Ferroviaria. Se podría decir que en este caso, “le tiraron un muerto” a Cristina Fernández. O a su marido. A pesar de los esfuerzos que ha hecho Cristina para evitar justamente que le tiren un muerto. Al negarse a reprimir las manifestaciones en general.

Pero en esta Argentina en la cual todo vale para llegar al poder, parecería que aún se pueden tirar muertos por aquí por allá. Solo bastan un sindicalista que juegue a dos puntas, mano de obra disponible a patadas, y algunos policías dispuestos a pactar con el diablo por plata o por intereses propios.

Piedras, piedritas o piedrazas. Seguimos tropezando con ellas.

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