15 de octubre de 2010

El Okupa



por Lilly Morgan Vilaró


El senado argentino aprobó hace unos días, el proyecto de ley que otorgaría el 82% móvil a los jubilados. La votación fue pareja por el sí y por el no, y una vez más le tocó al vicepresidente Julio Cobos desempatar con su voto. Que esta vez fue afirmativo. Es decir, negativo para lo que prefería el gobierno. Que es también el suyo aunque no lo parezca. A la presidente Cristina Fernández no le hizo gracia alguna la decisión del Cleto, y luego de vetar la ley, lo calificó públicamente de okupa. Que es la palabra que se usa para identificar a una persona que se mete dentro de una casa ajena. No es lo mismo que usurpador, ya que el okupa lo hace con un motivo político. Se instala en donde no lo han llamado para demostrar, o sacar provecho de, algo. No es el caso de Cobos. El Cleto fue electo en forma democrática por la gente que optó por votar la fórmula presidencial Fernández-Cobos. Y antes de eso, fue elegido por Cristina y/o sus asesores políticos, para integrar dicha fórmula. No sé si lo eligieron pensando que era una persona fácil de manejar. Tal como hiciera en su momento el ex presidente Eduardo Duhalde con Néstor Kirchner. Por considerarlo un muñeco que él podría manejar a su antojo. Hasta que Néstor se convirtió en Chucky y se lo devoró crudo. Como yo lo veo, el Cleto solo está cumpliendo con el rol que han cumplido la gran mayoría de los vicepresidentes argentinos. O sea, hacer todo lo posible para sabotear al presidente. A pesar de que, gracias a Cristina, la gente se enteró de que Cobos existía. Creo que ni siquiera dentro del partido radical sabían quien era. Pero no es un okupa. Será un cuervo que está intentando comerle los ojos al que lo alimenta. Será un político, antes ignoto, que utilizó la plataforma de Cristina para trepar al poder. Y tratar de quedarse con el mismo, si tiene suerte en las próximas elecciones. Pero okupa no es. El que sí podría ser calificado de okupa es el presidente chileno.
 Sebastián Piñera se instaló a prepo en el escenario de la tragedia de la mina de San José, okupando un rol protagónico que, a mi entender, no le correspondía. Empezó por ser el portavoz de la buena noticia de que los mineros estaban vivos, mostrando ante las cámaras de TV el mensaje escrito por éstos como si se lo hubiesen escrito a él. Se conmovió hasta las lágrimas, destacando que él no era un tipo de andar lagrimeando públicamente. Pero que esto le había llegado al corazón. Como si el mundo tuviese que conmoverse con su emoción. No con el hecho de que 33 hombres estaban aún vivos luego de 17 días de estar atrapados a 700 metros de profundidad, con escasa comida y mínima cantidad de agua. Que era lo que importaba. No si Piñera era un llorón o un macho de esos que no lloran ni ante Moria Casán. Luego presionó a los socorristas y a los que manipulaban las maquinas perforadoras para acelerar el proceso. ¿Sería para asegurarse que los mineros pudiesen pasar la Navidad (primera fecha aproximada del rescate) con su familia? ¿O, como me dijeron algunos chilenos desconfiados y/o cínicos, para poder llevar en su inminente viaje a Europa una noticia tan impactante que opacaría seguro el conflicto que mantiene su gobierno con la comunidad mapuche? Y evitar también preguntas engorrosas sobre por qué se está tardando tanto en reconstruir las áreas afectadas por el terremoto y el posterior tsunami del año pasado. Tuvo suerte y lo logró. Y aún así, intentó que el rescate final empezara a las 8 de la noche en vez de las 12 como lo habían planificado los técnicos a cargo de la operación. Y allí estaba, puntualmente a las 8, sentadito con su mujer y parte de su gabinete, como si estuviesen en una platea, listos para ver una obra de teatro. Menos mal que alguien, quien sabe si un técnico extranjero no intimidado por el señor presidente, decidió que la cápsula Fénix no empezaría su trabajo hasta que estuviera realmente lista. Ni un minuto antes ni un minuto después. Y así fue que don Piñera tuvo que esperar hasta casi la medianoche, es decir, la hora inicial programada, para poder seguir con la okupación. Porque los que tendrían que haber estado sentados en primera fila eran los familiares directos de los mineros. Y más aún. El reencuentro con los mineros y sus familias debería de haber sido realizado fuera de la vista de las cámaras. Era algo tan intenso para ambos lados, los de arriba y los de abajo, que se merecían tener privacidad. O dejar las cámaras prendidas, pero no trasmitir esa parte en vivo y en directo, para que lo viese el mundo entero. Se merecían ese respeto. Aunque Piñera se perdiese la oportunidad de sacar rédito político de ese momento. Y ya que estoy...sigo. Ni siquiera tendría que haber estado allí. Lo correcto hubiese sido que dejase a los mineros, a sus familiares y amigos abrazarse, llorar, putear, lo que sea, solos. Entre pares. Luego, permitir que los llevasen al hospital de Copiapó para su atención inmediata. Y recién al día siguiente, ahora sí, con las cámaras y todo su entourage, aparecer por ahí, saludar y sacarse fotos con los sobrevivientes. Pero Piñera no pudo con su desesperación de mejorar o incrementar, es lo mismo para el caso, su imagen. Y se puso a robar cámara a lo loco. A tal punto que cuando empujaban a un minero rescatado hacia el abrazo obligado, él se las ingeniaba para que fuese su cara la que quedase en el primer plano de la cámara. El mundo veía más la sonrisa de alegría del presidente chileno, que la del rescatado del infierno. La foto mostraba más al presunto padre que al bebé recién nacido. Y la imagen del presidente tapando la cara del minero de turno, se repitió 33 agotadoras veces. Lo único bueno de esto fue que, cuando salió el último, el capataz, que fue uno de los artífices de que todos saliesen con vida, el mundo también pudo ver como la sonrisa se congelaba en el rostro de Sebastián, cuando el tipo le zampó en la cara : -“Esto no puede volver a suceder nunca más”-. Que lo cortés no quita lo valiente. Y ya que el hombre no podía ir a abrazar a su familia porque le habían puesto al presi en primera fila, decidió aprovechar la oportunidad. Y le siguió dando un rato, hasta que los asesores presidenciales decidieron que era mejor que se fuese a abrazar con su familia, no fuera que le dijese alguna otra cosa poco conveniente. Y tal vez para limpiar su imagen por ese comentario un tanto difícil de tragar, Piñera decidió seguir con su okupación y se metió a dar un discurso en medio de la madrugada del desierto de Atacama, cuando todos querían ir a festejar el éxito del operativo de rescate. O simplemente irse a dormir. Y así fue como el mundo entero se enteró que gracias a esa desgracia devenida en alegría, el presidente de Chile se dio cuenta que la situación laboral y las condiciones de seguridad de los mineros eran un horror. Como también la de los trabajadores rurales, y de las fábricas y de los viñateros. Resumiendo: de todo el país. Porque aparentemente, Sebastián no lo sabía. Y para que quedase clarito a nivel internacional, el okupa lo repitió en inglés. Y al día siguiente apareció por el hospital y se volvió a abrazar con los mineros. Y se sacó más fotos. Y se sentó con ellos para que el mundo volviese a ver en vivo y en directo lo contento que él estaba. Y luego a la salida dio una conferencia de prensa, en la cual contestaba lo que él quería, no precisamente lo que le preguntaban. Como por ejemplo, qué va a pasar con los otros trabajadores de la ya cerrada mina San José que quedan sin trabajo. Pero si contó que invitó a los 33 mineros a la Moneda, para que saluden al pueblo y para que el pueblo lo vea a él con los mineros. Digo, puedan ver a los mineros. Y tal vez hasta se los lleve a pasear a Europa. Siempre, claro está, que no le okupen el papel protagónico de esta historia. Ese que él okupó a lo largo y a lo ancho de todas la pantallas. Locales, vecinales e internacionales. No sé que habrán pensado o sentido los mineros. Pero a mí me dio un poquito de vergüenza ajena.

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